LA INDUSTRIA DEL AUTOMÓVIL HA PERDIDO EL NORTE
Los coches tienen más tecnología que nunca, pero ¿son realmente mejores? Analizamos por qué la industria del automóvil está olvidando lo esencial.

Autor
Sergio Durà

LA INDUSTRIA DEL AUTOMÓVIL HA PERDIDO EL NORTE
Voy a decir algo que seguramente no gustará demasiado a algunos fabricantes de automóviles: la industria del automóvil ha perdido el norte.
Y no lo digo porque los coches actuales sean malos. Ni mucho menos. Tenemos vehículos más seguros, motores más eficientes, sistemas electrónicos capaces de evitar accidentes y una tecnología que hace apenas veinte años parecía ciencia ficción.
Pero hay una pregunta que cada vez me hago con más frecuencia: ¿realmente estamos fabricando mejores coches o simplemente coches con más tecnología?
Porque son dos cosas muy diferentes.
Durante décadas, los fabricantes competían por construir el mejor automóvil posible. La calidad de fabricación, el comportamiento dinámico, el confort de marcha, la fiabilidad mecánica, el tacto de la dirección o la eficacia de las suspensiones eran argumentos fundamentales para convencer a un comprador.
Cada marca tenía su personalidad. Un Mercedes transmitía una sensación de solidez extraordinaria. Un BMW destacaba por su comportamiento dinámico. Volvo tenía la seguridad como una de sus grandes señas de identidad. Peugeot sabía fabricar suspensiones extraordinariamente equilibradas y Alfa Romeo conseguía que conducir fuese algo más que desplazarse de un sitio a otro, o la caida trasera de un SAAB
Hoy, demasiadas veces, parece que el argumento comercial más importante es el tamaño de la pantalla.

Nos han vendido tecnología como si fuera calidad
Nos dicen que los coches modernos tienen que ser más tecnológicos, más inteligentes y más conectados.
Perfecto. Estoy completamente de acuerdo.
Pero que alguien me explique por qué, para subir un grado la temperatura de la calefacción, tengo que entrar en una pantalla, buscar un menú y apartar los ojos de la carretera.
Antes girabas una rueda sin dejar de mirar al frente.
Ahora necesitas realizar varias operaciones para conseguir exactamente lo mismo.
¿Eso es progreso? ¿Eso es seguridad?
Nos venden asistentes de conducción capaces de advertirnos de una distracción mientras nos obligan a utilizar una pantalla táctil para realizar operaciones que antes resolvíamos con un simple botón.
Y lo más sorprendente es que algunos fabricantes empiezan a recuperar los mandos físicos, como si acabaran de descubrir una solución revolucionaria.
No es ninguna revolución. Es sentido común.
La tecnología debería facilitar la conducción, no complicarla.
Coches cada vez más grandes, más pesados y más caros

Otra de las grandes contradicciones de esta industria es el peso.
Llevamos años escuchando hablar de eficiencia, sostenibilidad y reducción del consumo energético.
Sin embargo, cada nueva generación de determinados modelos es más grande, incorpora más equipamiento y termina pesando considerablemente más que su predecesora.
Hemos llegado a normalizar automóviles que superan ampliamente las dos toneladas.
Y después necesitamos motores más potentes, baterías más grandes, neumáticos más anchos y sistemas cada vez más complejos para mover semejante cantidad de kilos.
He conducido deportivos que pesaban alrededor de 900 kilos y eran capaces de transmitir sensaciones extraordinarias con potencias que hoy consideraríamos modestas.
Ahora quieren convencernos de que necesitamos 500 caballos y 2.400 kilos para disfrutar de un automóvil deportivo.
Naturalmente, las exigencias actuales de seguridad, electrificación y equipamiento condicionan el peso de los vehículos. Pero eso no debería impedirnos cuestionar hasta dónde estamos llegando.
La eficiencia no consiste únicamente en consumir menos. También consiste en necesitar menos para conseguir lo mismo.
Antes se vendían coches. Ahora se venden pantallas

Recuerdo perfectamente una época en la que entrabas en un concesionario y el vendedor te hablaba del motor, de la suspensión, de la dirección o de la calidad de los materiales.
Te explicaba cómo estaba construido el coche.
Hoy, en demasiadas ocasiones, la presentación empieza con el tamaño de la pantalla central, la iluminación ambiental, los comandos de voz o la posibilidad de instalar aplicaciones.
Todo eso puede estar muy bien.
Pero ¿qué ocurre con aquello que realmente convierte a un automóvil en un buen automóvil?
¿Qué hay de la calidad del chasis? ¿Del aislamiento acústico? ¿De los ajustes entre piezas? ¿De la durabilidad de los materiales? ¿De cómo trabaja una suspensión después de 150.000 kilómetros?
Son aspectos mucho menos espectaculares en un anuncio publicitario, pero tremendamente importantes para quien compra un coche con la intención de conservarlo durante muchos años.
Una pantalla enorme puede impresionar durante los primeros días.
Un buen chasis, una suspensión bien desarrollada y una carrocería correctamente construida se agradecen durante toda la vida del automóvil.
Y eso parece que algunos fabricantes lo han olvidado.
La obsesión por reducir costes

Durante los años ochenta, noventa e incluso buena parte de los 2000, los grandes fabricantes dedicaban enormes esfuerzos al desarrollo y la validación de sus modelos.
Los prototipos recorrían miles y miles de kilómetros bajo condiciones extremas. Se probaban en desiertos, carreteras heladas, circuitos y recorridos especialmente exigentes.
Hoy esas pruebas siguen existiendo. Sería injusto afirmar lo contrario. La simulación digital, además, permite desarrollar y comprobar aspectos que antes resultaban mucho más difíciles de analizar.
Pero también es evidente que la presión por reducir costes, acelerar lanzamientos y mejorar la rentabilidad condiciona muchas decisiones industriales.
Se comparten plataformas, componentes, motores y sistemas electrónicos entre modelos y marcas diferentes.
Compartir tecnología no tiene por qué ser negativo. El problema aparece cuando la reducción de costes termina perjudicando aquello que el cliente no puede apreciar a primera vista.
Porque una cosa es fabricar de manera más eficiente y otra muy distinta es abaratar el automóvil hasta hacerle perder parte de sus cualidades.
Las marcas están perdiendo su personalidad

Y aquí llegamos a algo que personalmente me preocupa todavía más.
La pérdida de identidad.
Durante décadas podías reconocer el carácter de un automóvil por cómo se conducía.
Había coches cómodos, deportivos, refinados, robustos o especialmente agradables para viajar.
Hoy encontramos modelos de fabricantes diferentes que comparten tantas soluciones que, en ocasiones, cuesta encontrar diferencias realmente importantes más allá del diseño exterior, la configuración electrónica o el logotipo del volante.
No todas las marcas han seguido ese camino. Todavía existen fabricantes que dedican enormes recursos a la puesta a punto, al comportamiento dinámico y a la calidad de construcción.
Pero el automóvil no debería convertirse en un electrodoméstico con ruedas cuya principal diferencia sea la interfaz de su pantalla.
La opinión de AUTOVERSO: hemos confundido avanzar con mejorar
Que nadie interprete estas palabras como una defensa de volver al pasado.
No quiero renunciar al ABS, al control de estabilidad, a los sistemas de seguridad modernos ni a los avances que han permitido salvar miles de vidas.
Tampoco estoy en contra del coche eléctrico ni de la digitalización.
Lo que cuestiono es que hayamos convertido la tecnología en el principal argumento para justificar el precio de un automóvil, mientras características fundamentales han perdido protagonismo.
Durante años, las marcas intentaban demostrar que fabricaban los mejores coches que sabían hacer.
Ahora, en determinados segmentos, parece que intentan demostrar que son capaces de incorporar más funciones que sus competidores.
Y para mí hay una diferencia enorme.
Porque un coche no es mejor por tener una pantalla de quince pulgadas en lugar de una de diez. Ni por ofrecer treinta colores de iluminación ambiental. Ni por permitirte descargar aplicaciones que probablemente nunca utilizarás.
Un buen coche se reconoce cuando cierras la puerta, cuando giras el volante, cuando afrontas una curva, cuando recorres mil kilómetros sin cansarte y cuando, después de diez años, sigue transmitiendo calidad.
Eso es fabricar buenos automóviles.
Lo demás puede ser tecnología, entretenimiento o marketing.
Y quizá haya llegado el momento de recordarles a algunos fabricantes algo que nunca deberían haber olvidado:
El automóvil se inventó para conducirlo. No para navegar por sus menús.
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